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XX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C

(18 de agosto de 2019)

Liturgia de las Horas: Tomo IV -  Salerio 4ª Semana

Santos: Elena em, Alberto Hurtado pb

Fermín ob, Agapito mr

Beatos: Manés de Guzmán pb

Martín Martínez Pascual  pb mr

 Papa Francisco: Para indicar el objetivo de su misión, Jesús se sirve de tres imágenes. el fuego, el bautismo y la división. Hoy deseo hablar de la primera imagen: el fuego. Jesús la narra con estas palabras: «He venido a prender fuego a la tierra, «¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!». El fuego del cual habla Jesús es el fuego del Espíritu Santo, presencia viva y operante en nosotros desde el día de nuestro Bautismo, es una fuerza creadora que purifica y renueva, quema toda miseria humana, todo egoísmo, todo pecado, nos transforma desde dentro, nos regenera y nos hace capaces de amar, Jesús desea que el Espíritu Santo estalle como el fuego en nuestro corazón, porque solo partiendo del corazón el incendio del amor divino podrá extenderse y hacer progresar el Reino de Dios. No parte de la cabeza, parte del corazón. Y por eso Jesús quiere que el fuego entre en nuestro corazón. Si nos abrimos completamente a la acción de este fuego que es el Espíritu Santo, Él nos dará la audacia y el fervor para anunciar a todos a Jesús y su confortante mensaje de misericordia y salvación, navegando en alta mar, sin miedos. La valentía apostólica que el Espíritu Santo enciende en nosotros como un fuego nos ayuda a superar los muros y las barreras, nos hace creativos y nos impulsa a ponernos en marcha para caminar incluso por vías inexploradas o incómodas, dando esperanzas a cuantos encontramos. Hoy más que nunca se necesitan sacerdotes, consagrados y fieles laicos, con la atenta mirada del apóstol, para conmoverse y detenerse ante las minusvalías y la pobreza material y espiritual, caracterizando así el camino de la evangelización y de la misión con el ritmo sanador de la proximidad. Es precisamente el fuego del Espíritu Santo el que nos lleva a hacernos prójimos de los demás, de los necesitados, de tantas miserias humanas, de tantos problemas, de los refugiados, de los que sufren (14-8-2016).

Monición para todas las lecturas

Las palabras del profeta Jeremías, que él defiende como recibidas de Dios, provocan a su alrededor rechazo y división. Lo mismo sucede  con Jesús hoy: sabe que su mensaje va a causar divisiones y conflictos entre quienes se acerquen al fuego de su Evangelio. En medio de estas dificultades, la segunda lectura, de la carta a los Hebreos, es una llamada a la constancia y a la perseverancia, manteniendo nuestros ojos fijos en Cristo. Ahora mantengamos nuestros oídos atentos y escuchemos.

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de Jeremías 38, 4-6. 8-10

En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: —«Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia». Respondió el rey Sedecías: —«Ahí lo tenéis, en vuestro poder: el rey no puede nada contra vosotros». Ellos cogieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Malquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el aljibe no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. Ebedmelek salió del palacio y habló al rey: —«Mi rey y señor, esos hombres han tratado inicuamente al profeta Jeremías, arrojándolo al aljibe, donde morirá de hambre, porque no queda pan en la ciudad». Entonces el rey ordenó a Ebedmelek, el cusita: —«Toma tres hombres a tu mando, y sacad al profeta Jeremías del aljibe, antes de que muera».

Palabra de Dios.

 Salmo responsorial: Salmo 39

  1. Señor, date prisa en socorrerme.

Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito. R.

Me levantó de la fosa fatal,
de la charca fangosa;
afianzó mis pies sobre roca,
y aseguró mis pasos. R.

Me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.
Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos
y confiaron en el Señor. R.

Yo soy pobre y desgraciado,
pero el Señor se cuida de mí;
tú eres mi auxilio y mi liberación:
Dios mío, no tardes. R.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta a los Hebreos 12, 1-4

Hermanos: Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

Palabra de Dios.

EVANGELIO

 Lectura del santo evangelio según san Lucas 12, 49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: —«He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

Palabra del Señor.

Oración de los Fieles

  1. Tú que no has venido a traer tranquilidad al mundo sino divisiones, haz que los ministros y fieles de tu iglesia vibren al anunciar el evangelio en toda ocasión y en todo lugar. 
  2. Tú que has dado autoridad sobre todo pueblo y nación a hombres y mujeres que ejercen el poder, haz que sus obras y su forma honesta de proceder sean el mejor termómetro de su gestión administrativa. 
  3. Tú que nos quieres más decididos y convencidos como discípulos misioneros de tu Hijo, haz que en ésta y en toda celebración eucarística nos llenemos de la fuerza y de la valentía de tu Espíritu, para ayudar a los que más necesidades padecen en nuestras comunidades. 
  4. Tú que no cesas de llamarnos a participar de tu banquete, haz que los que estamos este día alrededor de tu mesa, vayamos a hacer vida la palabra que hoy nos ha sido transmitida. 

Oración

SEÑOR, hoy tu palabra me resulta fuerte. Pero tú tienes palabras de vida eterna, y yo las acepto como lo mejor: que el fuego que trajiste a la tierra prenda en mi vida y queme todo lo que pueda ser motivo de distanciarme de ti me viene de perlas. Podrá haber divisiones entre los allegados, pero que jamás la haya entre tú y yo: tú eres mi vida, y yo quiero vivir siempre contigo, ahora por la fe y, después de morir, eternamente en el cielo cara a cara.